Stanislav Sousek Gumucio*
El primer vice-presidente indígena del país (que además habla aymará y quechua fluidamente, a diferencia del primer presidente “indígena” Evo Morales) sufrió un golpe muy fuerte el pasado fin de semana al ver en peligro las vidas de su esposa, hijos, sobrino y hermana. Las imágenes de televisión y las fotografías de algunos periodistas valientes se encargaron de llevar a nuestras casas los momentos de terror y sufrimiento que vivió la familia del ex vicepresidente. Todos fuimos testigos de los discursos encendidos de dirigentes afines al MAS en contra de Don Victor Hugo, del humo que amenazaba con asfixiar a la familia oculta en el segundo piso, de los golpes y chicotazos que sufrieron Doña Lidia Catari, Iru (24), la hija de Victor Hugo (17), y la hermana y sobrino del ex vicepresidente al huir de la casa, y de los comunarios enfurecidos que amenazaban con quemarlos vivos.
Quizás lo más escalofriante del hecho fue ver las sonrisas pintadas en las caras de algunos comunarios mientras las víctimas eran golpeadas y perseguidas, me hicieron recuerdo a las sonrisas tan contrastantes con los hechos que portaban los hutus al acribillar a los tutsis en el genocidio de Ruanda. Es esa sonrisa de goce mientras se inflige dolor sobre otra persona, tan difícil de comprender pero muchas veces presente en hechos como estos. Es la misma sonrisa que portaban los ponchos rojos al degollar a los perros en Achacachi el año pasado, simulando que los perros eran los prefectos de la “media luna”.
No menos contrastante con los hechos fue la reacción oficial del gobierno, emitida a través del viceministro de Régimen Interior, Marcos Farfán. Al ser preguntado sobre lo ocurrido el viceministro dice, “Sus parientes están recibiendo atención médica, ninguno reviste gravedad en sus heridas o en su integridad física. Creemos que no ha sido grave desde ningún punto de vista”. Claro, pues entonces según el vice-ministro Farfán no es grave que 500 comunarios tomen tu propiedad y la quemen, y tampoco es grave que te echen a chicotazos y palazos de tu casa, no es grave que tu hijo casi pierda un ojo, mucho menos va a ser grave que la policía no haga nada para protegerte a pesar de haber recibido llamadas de auxilio días antes y la misma mañana de ocurridos los hechos, ni puede ser grave que tu familia tenga que escapar en la vagoneta de un canal de televisión porque la policía no se atreve a socorrerte.
Pero el viceministro va más allá de tratar de minimizar lo ocurrido, sale y dice que la policía, en “mutuo acuerdo” con los comunarios movilizados permite que se haga vigilia fuera de la casa, “en la perspectiva de que seguramente tramiten o avancen en su gestión para que se expropie (la casa) que sería el camino”. El viceministro por lo tanto no cree que se deba hacer nada para restituir la propiedad del ex vicepresidente Victor Hugo Cárdenas, al contrario cree que el camino es gestionar la expropiación! Pero claro, esto no es nada grave.
¿Pero entonces que es grave para el viceministro Farfán? Pues la respuesta es clara, grave es hacer campaña en contra de la nueva constitución del MAS, grave es ser opositor a un régimen totalitario, eso sí es grave. Es tan grave pensar diferente que vuelve nada grave el hecho de que te quemen la casa y echen a golpes y palazos a tu familia.
*El Autor es politólogo, economista, docente universitario y miembro del ILDE.
Archivado en: Uncategorized